La
confirmación diocesana, llenó de alegría
y esperanza a la Congregación, que veía reconocido
su trabajo por el bienestar de los más desfavorecidos.
La
labor continuó y apareció una nueva señal
que confirmaba que la congregación había tomado
el curso que Dios les había pedido, el arzobispo de Valencia,
Ciriaco María Sancha y Hervás, aprobaba el 24 de
noviembre de 1892 las constituciones, expresión directa
de su proyecto de vida evangélica.
Tres
años más tarde, llegaba el momento de cristalizar
la entrega de las hermanas a Dios por el resto de sus vidas, eran
aprobados los Votos Perpetuos.
Finalmente,
25 años después del inicio de este proyecto fraterno
de entrega a Dios y ayuda a los más necesitados, el 16
de abril de 1901, el Papa León XIII decidió aprobar
la Congregación y su proyecto evangélico de vida,
recibiendo de esta manera el estatus de fraternidad con misión
universal, lo que significaba que la Hermanas Franciscanas de la Inmaculada estaban autorizadas para trabajar y vivir en cualquier
lugar del mundo y expansionar así el amor de Dios a todos
los hombres y mujeres sin importar raza, cultura, fe y necesidad.