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Decidida a atender al llamado del Señor, Francisca tocó las puertas de las Hermanas Adoratrices, que se dedicaban a la contemplación y a la atención de la mujer necesitada. Pero las puertas de ésta y otras congregaciones se cerraban para Francisca, pues en aquella época se acostumbraba pedir a las aspirantes una dote que servía para mantener la comunidad.

Francisca no se amilanó y solicitó entrar al Beaterio de Terciarias Franciscanas. Allí encontró nuevos inconvenientes: no había ni una habitación disponible y la edad mínima para ingresar era de 35 años, y Francisca sólo tenía 30.

Pero Francisca sentía que el Señor la llamaba para servirle en ese lugar, así que insistió hasta que las hermanas beatas la aceptaron, acomodándole un pequeño cuarto debajo de la escalera.

Corría el año 1863 cuando Francisca inició esta nueva etapa de su vida. Entre sus compañeras destacó por sus virtudes: sencillez, valentía, humildad, confianza en Dios, bondad, prudencia e inteligencia.

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HERMANAS FRANCISCANAS DE LA INMACULADA 2005 ©
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