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Su primer empleo fue como doméstica en casa de una familia acomodada de la ciudad de Valencia. Allí sirvió hasta que la revolución industrial llegó a la ciudad, entonces Francisca se convirtió en obrera de una fábrica de hilos de seda.

A primera hora del día Francisca y sus compañeras caminaban los ocho kilómetros que separan Moncada de la fábrica en Valencia ya que el transporte era muy costoso. Tras 16 horas de una jornada explotadora, debían deshacer el camino para volver.

Francisca vivía de cerca la explotación de la mujer y las dificultades de la pobreza, pero su espíritu emprendedor y su sentido de fraternidad la llevaron a buscar una solución práctica. Fue así como, junto a sus compañeras, alquiló un piso en Valencia para vivir durante la semana.

En la convivencia animaba a sus amigas y las orientaba ante las dificultades, mientras iba descubriendo su vocación de entrega a Dios y a los hombres.

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HERMANAS FRANCISCANAS DE LA INMACULADA 2005 ©
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