Su primer
empleo fue como doméstica en casa de una familia acomodada
de la ciudad de Valencia. Allí sirvió hasta que
la revolución industrial llegó a la ciudad, entonces
Francisca se convirtió en obrera de una fábrica
de hilos de seda.
A
primera hora del día Francisca y sus compañeras
caminaban los ocho kilómetros que separan Moncada de la
fábrica en Valencia ya que el transporte era muy costoso.
Tras 16 horas de una jornada explotadora, debían deshacer
el camino para volver.
Francisca
vivía de cerca la explotación de la mujer y las
dificultades de la pobreza, pero su espíritu emprendedor
y su sentido de fraternidad la llevaron a buscar una solución
práctica. Fue así como, junto a sus compañeras,
alquiló un piso en Valencia para vivir durante la semana.
En la
convivencia animaba a sus amigas y las orientaba ante las dificultades,
mientras iba descubriendo su vocación de entrega a Dios
y a los hombres.